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martes, 4 de noviembre de 2014

Tercera sesión Dungeonslayers: la Dama de la Montaña

Desde que entraron en aquella tenebrosa cripta, Alassar no paraba de mirar por encima del hombro, inquieto. Se sentía observado, y estaba completamente seguro de que no se trataba de paranoia. 
Algo, en verdad, los estaba mirando.

Enfrentarse a las monstruosas arañas había sido un juego de niños comparado con lo que les esperaba ahí dentro. Khundo, armado con su nueva y flamante espada, con Illidan cubriéndole las espaldas con su afinada puntería, habían bastado para arrasar a aquellos estúpidos insectos. Satisfecho, el brujo se palpaba su bolsa atada al cinto con aquel aguijón negro y terrible del que, estaba seguro, iba a sacar una buena suma en el mercado negro.

Pero eso si lograban salir de ahí con vida.

Aquella sala le ponía los pelos de punta. No sabía si eran las estatuas de guerreros de mirada muerta que le observaban con ojos opacos, o aquella enorme de ónice que representaba a una mujer de fría belleza pero que se convertía en una amenaza en aquel maldito lugar.

Ensimismado en sus pensamientos se sobresaltó con el brutal ruido que causó la losa de piedra que cubría el sarcófago.
Anulf y Khundo se sacudían las manos satisfechos tras su profanación. Alassar no se había mostrado en un principio de acuerdo con abrirlo, pero eran jóvenes, confiados y los tesoros que les aguardaban bastaban para borrar de un plumazo cualquier rastro de mínima cautela.

El hechicero esperaba ver caras satisfechas en sus compañeros de aventuras, pero desde su posición se sorprendió al ver que incluso el inexpresivo Khundo abría los ojos con cara de terror y daba un paso atrás a la vez que un terrible grito de ira resonaba por toda la estancia, helándole la sangre.

Mientras veía cómo Khundo y Anulf retrodecían blandiendo sus armas, Alassar, bien aferrado el bastón y dispuesto a comenzar a lanzar su conjuro, se interrumpió al oír a su espalda el ruido de la piedra al resquebrajarse. 
Echando mano de poco valor que le quedaba miró atrás para ver cómo empezaban a surgir de las estatuas lo que en algún tiempo pudieron ser guerreros, ahora convertidos en una amalgama de huesos y acero en pleno movimiento y con sus ojos negros fijados en él.

Estupendo, pensó Alassar a la vez que se giraba dispuesto a convertir aquellas criaturas en ceniza. 

El pasado viernes noche llevamos a cabo otra sesión de Dungeonslayers, con nuevos jugadores probando el sistema.
Es cierto que para Roll20 un sistema tipo Dungeon puede ser pesado, ya que unido a los problemas técnicos, las partidas se convierten en una sucesión de tiradas con la interpretación brillando por su ausencia.
Es por eso que quizás para la próxima sesión online que organice apueste por algo más narrativo como Fragmentos, del que estoy en plena lectura. 
Todo es probar. 


domingo, 26 de octubre de 2014

Iniciación al Dungeonslayers

Wilco quemaba las telarañas con aire distraído. No era un experto, pero viendo el tamaño de aquellas hebras, como maromas de barco, prefería no pensar, de momento, qué les aguardaba al fondo de aquella oscura y tenebrosa gruta.

Les había llevado un buen rato decidir qué hacer, si empaquetar el botín y volver por donde habían vuelto para devolverlo y cobrar la recompensa o continuar investigando aquel horrible lugar.

En un principio parecía claro. Illidan y él mismo habían argumentado que ya habían tenido suficiente con aquel duro combate contra ese pequeño ejército de goblins, mientras que Khundo, envalentonado quizás al haberse hecho con aquella preciosa espada, recordaba el carácter aventurero del grupo y que por tanto debían de continuar explorando la caverna. Alassar no entró en el debate y se centró en leer aquellos viejos pergaminos que había encontrado en la cueva del chamán, y Anulf, como siempre, optaba por callar mientras atendía la fea herida que le había hecho perder el conocimiento hace tan sólo un rato.

Mientras recitaba oraciones en su extraño idioma, agarraba su amuleto formado por extrañas plumas y huesos de criaturas desconocidas, y el bárbaro obviamente sabía lo que se hacía, ya que todos comenzaron a sentirse mejor, y Wilco observó con alegre sorpresa que donde antes tenía una costra de sangre y tela, por donde había entrado el virote, a la altura del costado, ahora sólo había una mancha rojiza, sin marca alguna en su piel.

"Quizás podamos echar un vistazo", dijo Wilco haciendo que su voz resonase en el silencio de aquella cueva.
Los demás le observaron, y el feroz enano coreó con un gruñido de satisfacción la invitación del mediano.
No sabían qué les esperaba allá abajo, pero por Nébula que lo iban a descubrir.

¡Volvemos a dar vida al blog! Tras nuestras partidas de la Marca del Este, ahora nos hemos enfrascado a probar Dungeonslayers, un juego de descarga gratuita del alemán Christian Keening con un sistema simple y rápido, un homenaje al rol más clásico.
Por ahora hemos jugado online a través de roll20, conociendo a personas y jugadores en esta nueva aventura.